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Cuidado con tratar de imitar a otros inversionistas.

1 mayo, 2011

No caben dudas de que los inversores, a través de sus decisiones, buscan incrementar el valor de su portafolio. En este sentido, un retorno de un 50 por ciento anual no está nada mal. Pero, ¿le parecería lo mismo si, alrededor suyo, todos tienen rendimientos de más del 70 por ciento?

En efecto, advierten los investigadores de Stanford, la percepción de los inversores sobre el éxito de sus pares tiene un fuerte impacto sobre la conformación de la propia cartera. Así, el operador en realidad no intenta maximizar su propia riqueza sino su riqueza en relación con sus colegas.

Sobre esta interpretación de la psicología del inversor, es posible construir un enfoque alternativo para comprender la formación y evolución de las burbujas financieras.

Pensemos, por ejemplo, en el frenesí puntocom de fines de los ’90. En aquel momento, ante el surgimiento de una nueva tecnología que prometía retornos infinitos, muchos inversores empezaron a comprar acciones. Ante la demanda sostenida de papeles, los precios empezaron a trepar hasta las nubes.

Desde luego, muchos inversores sabían que aquellos valores no podrían sostenerse. Entonces, ¿por qué fueron tan pocos los que salieron a tiempo? ¿Por qué la mayoría se quedó hasta el final, cuando el derrumbe pulverizó buena parte del valor de su portafolio?

Según los investigadores de Stanford, este comportamiento puede comprenderse a través de la consideración que cada agente hacía sobre las acciones de los otros inversores.

Imagine que su instinto le sugería que el pico se acercaba. En este caso, la decisión racional habría sido vender y tomar jugosas ganancias. Sin embargo, todos sus colegas seguían comprando. Por lo tanto, un error en su evaluación sobre el momento del estallido sería particularmente costoso.

En efecto, su rendimiento de, digamos 100 por ciento, parecería ridículamente bajo en comparación con sus colegas que habrán obtenido retornos espectaculares. En términos concretos, usted manejará un BMW. Ellos, una Ferrari.

Ahora bien, ¿y si el mercado colapsa con usted adentro por no haber vendido a tiempo?

En cualquier caso, usted siempre puede aferrarse al proverbio “mal de muchos, consuelo de tontos”. Es cierto, usted pierde mucho dinero. Pero ellos también.

Y las pérdidas conjuntas son más llevaderas que una ganancia moderada cuando el resto ha ganado mucho. En otras palabras, manejar un Fiat 600 no es tan doloroso cuando sus colegas manejan el mismo auto.

Por lo tanto, advierten los investigadores de Stanford, aunque prevea una baja del mercado, el inversor también tendrá un fuerte incentivo a imitar las decisiones de portafolio de los demás.

En definitiva, las decisiones de los inversores parecen no apuntar realmente a optimizar el retorno individual. En realidad, la variable que parece estar maximizando es el reconocimiento dentro de la comunidad.

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