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Vendió, dos veces, el más célebre monumento de París.

15 mayo, 2011
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Si realmente nace un tonto cada minuto, por cada tonto parece existir un timador listo para hacerlo un poco más prudente. De los más extraordinarios estafadores de todos los tiempos han sido el conde Victor Lusting, un austriaco empleado en el ministerio de trabajo francés, y Daniel Collins, un ladrón americano de poca monta. Juntos se las arreglaron para vender la Torre Eiffel y no una vez, sino dos.

El conde emprendió la operación reservando una suite en un hotel de París, durante la primavera de 1925. Invitó a cinco hombres de negocios para que se reunieran con él allí. Cuando los invitados llegaron, el conde les hizo prometer que mantendrían el secreto sobre lo que hablasen.

Luego, les dijo que la Torre Eiffel estaba en serio peligro y que debía ser derribada. Les pidió que hiciesen ofertas por la chatarra contenida en el famoso monumento. El conde justificó la reunión en un hotel y la necesidad de mantener el secreto, aduciendo que su ministro quería evitar toda clase de protestas públicas por la demolición de tan querido monumento. Durante una última reunión el conde le presentó a su «secretario», Collins. Luego, los estafadores asestaron su golpe maestro. Le pidieron a Poison  dinero para pagar sobornos que facilitarían los trámites por los canales oficiales.

El embaucado comerciante aceptó gustoso, y entregó el soborno en efectivo. Si en algún momento hubiese tenido alguna sospecha, ahora se sentía completamente tranquilo. Porque el pedido de un soborno le probaba fehacientemente que los dos hombres pertenecían al ministerio. En el término de 24 horas, Lusting y Collins estaban fuera del país. Permanecieron en el exterior el tiempo suficiente para advertir que la denuncia, que ellos esperaban fuera presentada por el hombre al que habían defraudado, no se producía.

Poisson estaba tan avergonzado por el engaño del que le habían hecho víctima, que nunca informó de la estafa a la policía. El conde y su socio regresaron a París y repitieron el timo. Vendieron la Torre Eiffel otra vez, ahora a otro crédulo comerciante de chatarra. Pero en esta oportunidad el hombre recurrió a la policía y los estafadores huyeron. Nunca fueron atrapados por la justicia, y jamás revelaron con cuánto dinero se habían alzado.

La hazaña de Lusting bien puede haber estado inspirada por un escocés, Arthur Furguson,  en el año 1923, y en el término de dos meses, el escocés vendió tres monumentos londinenses a diversos turistas americanos. El Palacio de Buckingham fue vendido por 2.000 libras —monto del depósito—; el Big Ben, por 1.000 libras, y la columna de Nelson por 6.000 libras. En 1925, Furguson emigró a Estados Unidos en 1925. Ahí le vendió la Casa Blanca a un ranchero en un plan por cuotas de $ 100,000 anuales del que cobró el primer pago y trató de venderle la Estatua de la Libertad a un visitante australiano quién lo denunció en la policía. Furguson fue encarcelado y liberado en 1930. Continuó su vida de estafador en Los Angeles hasta su muerte en 1938.

Si le pareció interesante esa historia puede leer esta otra: La anécdota del mono.

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